La decisión que no tomaste también tiene costo


Marzo. Reunión de seguimiento. Hernán lleva 4 meses como cliente.

“Juanma, tenemos un tema con Rodrigo. No llega al objetivo, el equipo se empieza a quejar y yo ya le hablé tres veces. Pero bueno… vamos a esperar a ver cómo cierra el trimestre.”

Anoté. Seguimos con la reunión.


Mayo. Dos meses después.

“¿Te acordás de lo que hablamos de Rodrigo? Sigue igual, o peor. Estuve por llamarlo la semana pasada pero me surgió lo del proveedor. Esta semana hablo con él sí o sí.”

Asentí. Seguimos con la reunión.


Agosto. Cinco meses después del primer aviso.

“Juanma, se fue Valeria y Carla este mes. Las dos vendedoras más sólidas que tenía. En la entrevista de salida, Carla me dijo que no aguantaba más la inequidad. Que Rodrigo hacía la mitad y cobraba igual.Y tenía razón”

Ahí me detuve. Le pregunté si entendía verdaderamente lo que había pasado.

Se quedó en silencio.


Lo que le pasó a Hernán no es solo un problema de gestión de personas. Es un problema de toma de decisiones. Y es el problema más caro que existe en una Pyme, precisamente porque no aparece en ninguna línea del balance.


La respuesta fácil es que Hernán es un dueño blando, que le falta carácter, que no sabe manejar equipos. Esa respuesta es incorrecta y, además, inútil.

La respuesta real está en cómo funciona el cerebro humano ante la incertidumbre.

Daniel Kahneman y Amos Tversky demostraron en su Teoría Prospectiva que el dolor psicológico de una pérdida pesa aproximadamente el doble que el placer de una ganancia equivalente. Cuando Hernán pensaba despedir a Rodrigo, su cerebro no calculaba costos y beneficios en frío. Anticipaba el conflicto, la reacción, la posible demanda, la incomodidad de la conversación, la culpa. Y registraba todo eso como amenaza. Como pérdida segura frente a un beneficio incierto.

A eso se le suma lo que Samuelson y Zeckhauser llamaron sesgo del status quo: el cerebro percibe cualquier cambio respecto al estado actual como una pérdida potencial. No hacer nada no se siente como una decisión. Se siente como seguridad. Y esa ilusión de seguridad es exactamente lo que la paraliza.

Hay un tercer mecanismo, quizás el más tramposo de todos: la ilusión de la información perfecta. “Esperemos a ver cómo cierra el trimestre.” “Démosle una oportunidad más.” “Todavía no tengo todos los elementos para decidir.” El dueño cree que necesita más datos. Lo que en realidad necesita es tolerar que decidir siempre implica incertidumbre. Los datos ya estaban. Llevan meses ahí.

Ninguno de estos mecanismos es una debilidad de carácter. Son bugs cognitivos que operan en todos nosotros. El problema no es tenerlos. El problema es no saber que los tenemos.


La trampa más frecuente que veo en dueños Pyme es la búsqueda de la decisión objetivamente correcta. La que no admite error. La que pueden justificar ante cualquiera.

Esa decisión no existe.

Herbert Simon, Premio Nobel de Economía en 1978, fue el primero en formalizar lo que ya intuíamos: los seres humanos nunca decidimos con información completa ni con capacidad ilimitada de procesarla. Siempre operamos dentro de lo que él llamó racionalidad acotada: tomamos la mejor decisión posible dentro de los límites de lo que sabemos, lo que podemos procesar y el tiempo que tenemos.

Esto tiene una implicancia enorme para la Pyme: la pregunta no es “¿cuál es la decisión perfecta?” sino “¿cuál es la mejor decisión posible con lo que sé hoy?” Son preguntas radicalmente distintas. La primera paraliza. La segunda habilita.

Toda decisión lleva la firma de quien la toma. Eso no necesariamente la hace arbitraria ni caprichosa. La hace responsable. La subjetividad no es el problema que hay que eliminar, es el punto de partida que hay que reconocer.

Annie Duke, exjugadora profesional de póker y autora de Thinking in Bets, lo plantea con una distinción que uso seguido con mis clientes: la calidad de una decisión no se mide por el resultado que produce, sino por el proceso con el que se tomó. Podés tomar una excelente decisión y que el resultado sea malo. Podés tomar una pésima decisión y que por suerte salga bien. Confundir ambas cosas es lo que nos impide mejorar como tomadores de decisiones.

Hernán no necesitaba certeza sobre Rodrigo. Necesitaba un proceso claro para decidir.


Volvamos a los números de Hernán. Porque esto no es una reflexión filosófica: es una cuenta concreta que nadie hizo.

Rodrigo siguió en su puesto durante cinco meses después del primer aviso. En ese tiempo:

  • Dos vendedoras de alto rendimiento se fueron, llevándose relaciones con clientes, conocimiento del proceso y meses de capacitación invertida.
  • El equipo restante observó en tiempo real que el bajo rendimiento no tiene consecuencias. Ese mensaje es letal para la cultura y no se borra con una reunión.
  • Hernán llegó a cada encuentro con ese peso encima. La carga mental de una decisión postergada no es gratis: consume atención, energía y capacidad de pensar en lo estratégico.
  • El tiempo de reemplazar a Valeria y Carla, capacitar nuevas personas y recuperar los vínculos con sus cuentas se mide en meses y en pesos.

¿Cuánto costó no despedir a Rodrigo en Marzo? Mucho más que despedirlo en Marzo.

No decidir es decidir. Solo que sin autoría, sin estrategia y con intereses acumulados.

Daniel Ariely describe el costo de oportunidad no solo en términos económicos sino cognitivos: cada decisión que postergamos ocupa espacio mental activo. Es un proceso que sigue corriendo en segundo plano, consumiendo recursos. Las empresas con culturas de decisión lenta no solo pierden oportunidades: operan permanentemente por debajo de su capacidad porque parte de su energía está siempre ocupada en lo que todavía no se resolvió.


No te propongo recetas mágicas. Propongo procesos. Hay tres que funcionan y que podés implementar esta semana.

1. El pre-mortem

Gary Klein desarrolló esta técnica en contextos de alta incertidumbre y se aplica perfectamente en una Pyme. Antes de tomar una decisión importante, hacé este ejercicio: imaginá que ya la tomaste y que salió mal. No que podría salir mal: que ya salió mal. ¿Qué pasó? ¿Qué fallaste en considerar?

Este movimiento obliga al cerebro a salir del optimismo automático y anticipar riesgos reales sin la presión de tener que decidir en ese momento. Es la diferencia entre pensar el problema antes de que aparezca y apagarlo cuando ya está en llamas.

2. Fecha de decisión con criterios explícitos

La decisión sin fecha no es una decisión: es una intención. Y las intenciones no cambian nada.

El formato es simple: “Voy a tomar esta decisión el [fecha]. Los criterios que voy a evaluar son [X, Y, Z]. Si la situación es A, hago esto. Si es B, hago lo otro.”

Sacar la decisión del loop de la angustia y ponerla en el tiempo con criterios explícitos tiene un efecto inmediato: reduce la carga mental y convierte algo difuso en algo accionable.

3. Separar el QUÉ del CÓMO

Este es el error más frecuente y el más costoso. Hernán no decidía el qué (desvincular a Rodrigo) porque no sabía el cómo (la conversación, el aspecto legal, quién lo reemplaza, cómo se lo comunica al equipo).

Son dos problemas distintos. El cómo siempre tiene solución, tiene recursos, tiene proceso. Pero no puede resolver el cómo alguien que todavía no definió el qué. Cuando bloqueamos la decisión estratégica esperando tener resueltos todos los pasos operativos, estamos usando la incertidumbre como excusa para evitar la incomodidad de comprometerse con una dirección.

Primero el qué. El cómo viene después.


¿Cuántas veces tuviste la misma conversación con vos mismo sobre el mismo problema?

¿Cuánto te costó ese silencio?

La decisión que postergás no desaparece. Crece, se complica y te cobra con intereses. Y mientras tanto, las personas que más te importan — las que construiste, las que rendían, las que confiaban en que ibas a actuar — están tomando sus propias decisiones. Sobre vos. Sobre tu empresa. Sobre si vale la pena quedarse.

Decidir con incertidumbre no es un error de gestión. Es la definición exacta de liderar.

El GAP no está entre saber y no saber qué hacer. Está entre saber y animarse a hacerlo.

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